Quizá muchas veces nos cueste creer lo que nos está pasando y esto es algo natural, porque el ser humano es un misterio.
Escucho con mucha frecuencia a personas preguntarse: ¿por qué me pasó o me está pasando esto a mí? Simplemente, porque le tocó pasar por esa situación. Pero el problema radica en que cuando estamos atravesando por una situación difícil, pensamos que el mundo se termina en ese momento y que no tenemos otra salida; sin darnos cuenta que la vida es un juego. Se tiene que pensar en las decisiones que se toman, desconfiar del primer impulso y estar consciente que cada paso dado, significa que no hay vuelta atrás.
Durante mucho tiempo me hacía esa misma pregunta, cuya respuesta la logré obtener después de muchos años, cuando me atreví a comparar la vida con el juego de ajedrez. El tablero no es precisamente convencional, los jugadores luchan sin igualdad de oportunidades y aunque hay cientos de fichas diferentes para cada jugador, algunas pueden jugar para varios jugadores simultáneamente, siendo cada una de ellas el rey en su propia partida. Pero, aquí hay que tenerle respeto al adversario: el tiempo.
Es imposible vencerlo, y él lo sabe. Él tiene la capacidad de comenzar miles de partidas, mientras juega contra millones, y no hay un día que pierda un juego. Tiene un as, y no precisamente bajo la manga, sino justo al frente. Y, lo peor del caso es que no necesita esconderlo, lo muestra a plena luz del día sin remordimientos. Sabe que sus contrincantes únicamente pensaran en las fichas que tienen y en las que pierden, sin preguntarse por qué o cómo las han perdido.
También, sabe que la mayoría de ellos no están conscientes de las partidas, no sabrán que están jugando y no moverán una pieza, simplemente dejarán que continúe la partida.
Solo somos una ficha en el tablero y comenzamos a jugar cuando nacemos. Jugamos siendo el rey, el que tiene la responsabilidad de mover las piezas, de arriesgarse y sacrificar de ser posible todas las fichas en post de aguantar con toda la prudencia posible, una partida que nunca podrá ganar contra un jugador que no conoce la derrota.
Comenzamos el juego con un número de fichas, nuestra familia. Estas por lo general suelen ser de las mejores fichas que podamos tener a lo largo del juego, de las que no queremos perder nunca. Y así, mientras avanza el juego vamos ganando fichas y perdiendo otras. Cada persona que conozcamos se va sumando al juego e influirá de una forma u otra en el tablero. En este tablero no es solo mover las piezas, sino tener la valentía de saber que habrá momentos en los cuales nuestra decisión no fue la más acertada y eso nos afectará de una u otra manera.
A lo largo de la partida iremos moviendo las piezas, realizando cada jugada creyendo que es el mejor movimiento, pero habrá momentos que, seremos incapaces de mover una ficha. También, habrá momentos en los que tengamos que sacrificar una o varias de nuestras fichas. No es fácil hacer eso, lo sé por experiencia, pero a veces cuando una ficha nos esté impidiendo avanzar, lo mejor es deshacernos de ella y desecharla sin flaquear y concentrarnos en que el tiempo no perdona.
Pensar que esa es la única ficha a la cual prestarle atención, es una pérdida de energía, porque siempre aparecerán otras nuevas y no podemos perder la concentración en la partida, porque por mucho que se complique la jugada, por muchas piezas que perdamos o sacrifiquemos, hasta que el tiempo no haga su jaque mate, nuestra partida continuará con nosotros, y con ella nuestra capacidad de decidir.
El tablero está listo, las piezas están justo donde deben estar y cada día tendremos la oportunidad de decidir que piezas mover, tomando en consideración las estrategias que la jugada anterior nos enseñó. Sigamos jugando hasta que el tiempo nos diga: jaque mate.

