martes, 28 de julio de 2026

LA VIDA ES UNA OBRA DE TEATRO



Hemos escuchado que la vida es como una obra de teatro y que metáfora más asertiva. Cuando comienzo a recorrer mi historia paseándome por todas las etapas, siempre me detengo a reflexionar sobre lo que he vivido. 

Cada época con sus luces y sombras, me han formado, me han liberado y me han arrastrado a situaciones nada agradables. Sin embargo, cada una tiene su encanto, porque mi historia la escribo yo, no mis circunstancias. Nacemos con un libro entre las manos que, sus primeras páginas las escriben nuestros padres y justo comienza con el nombre de la obra en la portada: Norys Zerpa

He interpretado muchos papeles y cada uno me ha dejado un aprendizaje, no recuerdo el momento exacto en que di mis primeros pasos, ni guardo en mi memoria la fecha exacta en que pronuncié “mamá” o “papa” por primera vez. Esas primeras líneas las escribieron otros por mí en la bitácora de mi infancia.

Sin embargo, cuando la luz del escenario empezó a iluminarme con más fuerza, mi memoria cobró vida: recordé con claridad mi etapa del colegio, con todas sus locuras, los recreos interminables, la frescolita con pan y los primeros descubrimientos.

Con el tiempo comprendí que, nadie protagoniza su propia historia en un escenario vacío.  Esto hizo posible que poco a poco mi libro se fuera llenando de nombres, rostros y voces. En cada encuentro con familiares y amigos descubrí que cada persona que se cruzaba en mi camino venía con su propio guion, su propia trama y sus propias batallas. Ninguno estaba allí por casualidad, porque todos tenían un papel fundamental en mi obra de teatro. A pesar de que algunos ya no forman parte del elenco, fueron piezas claves para cambiar el guion y adaptarlo a los nuevos personajes. 

Por eso, en esencia, la vida es una monumental obra de teatro y para que el montaje llegue con éxito al escenario, se necesita mucho más que un actor principal.

Se requiere un elenco diverso: esas personas que entran a nuestra vida para hacernos reír, para ser cómplices, para desafiarnos o para enseñarnos lecciones amargas, pero necesarias. Además, del elenco, también necesitamos guionistas implícitos: nuestras experiencias, decisiones y giros inesperados del destino, que nos sirven para seguir trazando la ruta de la trama. 

También, un director que, desde la intuición o la fe, nos indique cuándo es el momento de hacer una pausa, cuándo cambiar el tomo, cuándo poner límites y cuándo avanzar con valentía. Y, esto no es todo, necesitamos un elenco especial, ese que está detrás del telón: los abrazos silenciosos, el apoyo de la familia, el lo estás haciendo bien, las palabras de aliento que nadie más escucha, pero que nos dan la fuerza para seguir cada día.

Además, no olvidemos que, muchas veces la función nos exige improvisar y otras veces el guion da un giro drástico que nos deja sin aliento. 

Por eso, tendremos escenas de comedia, momentos de profundo drama y actos donde sintamos que olvidamos la letra, pero lo grandioso de esta obra es que, sin importar cuán difícil sea la escena actual, la función debe continuar. 

Hoy cuando me detengo a mirar el escenario de mi vida, honro a cada personaje que ha pisado mis tablas, a los que siguen en primera fila y a los que cumplieron su papel y salieron de escena. Mi libro ya no está en blanco, pero aún le quedan muchas páginas por redactar.

La obra sigue en marcha, la escenografía está lista y los focos están encendidos. Me toca a mí —nos toca a todos— salir al escenario con el alma entera y dar la mejor interpretación posible de nuestra propia historia.

Ahora, todos al escenario con la mejor actitud. 



sábado, 4 de julio de 2026

Bastaron 39 segundos




El tiempo, es simplemente una ilusión que medimos en la comodidad de la rutina. Pensamos que tenemos los años, los meses, los planes del próximo fin de semana para salir con los amigos, pero la realidad es otra. El pasado 24 de junio, a miles de venezolanos le bastaron 39 segundos para que sus ojos se apagaran. Dos sismos consecutivos para recordar de la manera más dolorosa posible, que la vida entera cabe en un pestañear de ojos.  

Treinta y nueve segundos, fue todo lo que se necesitó para que hogares construidos con el esfuerzo de décadas se volvieran polvo, para que familias enteras quedaran atrapadas entre los escombros y para que los hogares y los corazones de miles de personas cambiaran para siempre.

Hoy vemos con dolor a hijos buscando a sus padres entre los escombros y a papás que no pierden la fe de encontrar a sus hijos; y es que, en ese ratico, a demasiada gente simplemente se le apagó la luz.

Y en esa terrible oscuridad, lo único que se pedía era ayuda. Pero ante la negligencia de los organismos competentes, las personas no se quedaron de brazos cruzados y sin importarles absolutamente nada, tomaron el control a pesar del profundo dolor que sentían. Por eso, sin herramientas, pero con la fe puesta en Dios y el amor por el prójimo, empezaron a mover los escombros con la mejor herramienta que tenían: sus manos desnudas.

Ver a vecinos salvando a vecinos demuestra una solidaridad pura del alma que se niega a rendirse, porque así somos los venezolanos, unidos en los momentos que más nos necesitamos. Pero esta solidaridad se extiende hacia todas esas personas que han venido a apoyar; rescatistas de varias partes del mundo, quienes han manifestado un profundo agradecimiento al pueblo por su generosidad a pesar de las circunstancias. Ellos, que han visto catástrofes por todo el mundo, se han quedado asombrados como la población se volcó por completo a ayudar, a través de médicos trabajando en el sitio, camiones llenos de donaciones de gente a la que tampoco le sobra, y voluntarios abrazando a los que se quedaron sin nada.

Toda esta movilización y entrega humana merece ser tratada con el mayor de los respetos, especialmente desde afuera. Por eso, en medio del caos, la información oportuna y real se vuelve una herramienta de primera necesidad para saber qué pasa, coordinar apoyos y salvar vidas. Saber lo que ocurre nos conecta y nos moviliza, pero hay una línea muy delgada entre mantener a un país informado y caer en el amarillismo. Exponer la desgracia con crudeza innecesaria, repetir imágenes desgarradoras solo por generar impacto o convertir la tragedia en un espectáculo visual no ayuda a nadie; al contrario, desensibiliza el dolor y revictimiza a quienes ya lo perdieron todo. Informar es un acto de servicio y de responsabilidad, no una excusa para alimentar el morbo.

Pero la tragedia, desafiándonos a mirar en lo más profundo, también saca a la luz la falta de empatía de algunos. Mientras unos dejaban las uñas entre los escombros, otros vieron en la desgracia una oportunidad para buscar vistas y seguidores en sus redes sociales. 

Da mucha impotencia ver a personas transformando la entrega de donaciones en una sesión fotográfica y sonriendo como si estuvieran en una fiesta, usando el luto de una familia para ganar un "me gusta". Es una profunda desconexión humana, porque el dolor del otro se respeta; no es contenido para internet ni publicidad, sino una herida abierta que pide silencio y decencia. 

Esta realidad nos confronta con una verdad incómoda: la vida se nos escapa en un segundo. Esos 39 segundos nos tienen que hacer reaccionar a los que seguimos aquí, a los que a veces pasamos los días discutiendo por tonterías, guardando los "te quiero" para después o viviendo desde el orgullo y el conflicto. 

Recordemos que nadie tiene el mañana comprado. La gente que quedó allí esa tarde tenía planes para la noche, cafés pendientes y promesas por cumplir. 

Por eso, no dejemos que este dolor pase en vano y aprovecha el tiempo hoy. Llama a esa persona con la que estás distanciada por una tontería, abraza fuerte a tus hijos, mira a los ojos a tu pareja y agradece el techo que hoy te resguarda. Que la lección de estos 39 segundos no sea vivir con miedo a que la tierra tiemble, sino la urgencia de vivir despiertos, queriendo de verdad y valorando cada respiro con el corazón bien puesto en lo que de verdad importa.